Muertos agridulces

No sigo mucho los intríngulis de la producción televisiva, por lo que me cuesta entender por qué un pelotazo como The Walking Dead (que terminó el lunes en Fox) cambia tanto de entrenador. Frank Darabont, Glen Mazzara y, a partir del año que viene, Scott Gimple. Darabont puso a rodar el cuero con un piloto memorable, aguerrido y emocionante; una promesa que luego fue diluyéndose en rondo. Mazzara logró remontar la historia en el último tercio de la segunda temporada y prolongó su vitalidad artística durante la excelente mitad de este año. Y, de repente, tras el parón navideño y el anuncio de cambios para la cuarta temporada, la serie volvía al desequilibrio de sus primeros 15-18 capítulos.

Personajes erráticos, motivaciones caprichosas, golpes de timón en la escritura, diálogos simples y ese regreso a una peripecia que se mueve en círculos, sin dirección nítida. Todos esos aspectos discutibles buscan acomodo en una serie entretenida que se sigue consumiendo con facilidad, regala algunos capítulos fantásticos, como “Clear” (3.12.), exhibe las ya tradicionales secuencias de acción ejecutadas con cuajo (valga el doble sentido) y plantea una batalla épica-moral donde los límites de lo humano se enmierdan con lo monstruoso. Matar o morir… o morir y matar.

Por eso es una pena este agridulcismo. Porque The Walking Dead deja así el mismo regusto que Sons of Anarchy o Dexter: el de un inmenso potencial desaprovechado.

(Espoilers de la tercera temporada)

-Empecemos por el final: llama la atención que toda la acumulación dramática de la tercera temporada (prisión vs. Woodbury o, para ser más precisos, Rick Grimes vs. el Gobernador) se quede sin clímax. En ningún sitio está escrito que la vida del Gobernador debiera confinarse a esta tercera temporada, pero la lógica del relato serial -y de la temporada como unidad narrativa- reclamaba ese enfrentamiento, más aún tras el interesante duelo verbal del episodio 3.13.

-La muerte de la contestadísima Andrea, como bien señala Jaime aquí, a mí también me apenó. A pesar de ciertos resbalones en la coherencia del personaje (¿quién no lo has tenido en este apocalipsis?), sus conflictos y su evolución dramática constituían un punto de fuga para la serie. ¿El problema? La falta de hilo. Nunca sabemos bien -apenas un extraño flashback al inicio del 3.14.- el alcance de su amistad con Michonne, nos confunden sus lealtades pasadas y sus dudas tiranicidas y, jo, qué mal ejecutada está su huida en plan Viernes 13, cuando acaba capturada por el Gobernador. Pero el resto de su personaje sí resulta interesante, tanto en su vertiente bélica (liquida caminantes cual mosquitos) como en su maduración vital (¿recuerdan que allá por la primera temporada pretendía abandonar la lucha y suicidarse?).

-De hecho, no es el único personaje sabroso que ha visitado la guillotina. A Merle se lo cargan justo cuando empezaba a ganar tridimensionalidad más allá de su estampa de sádico; el atormentado Milton -solvente, as usual, Dallas Roberts– se revela un personaje trágico; e, incluso, al bastardo de Axel le vuelan la cabeza cuando empezaba a soltarse la melena, como le pasó al pobre T-Dog

-Más problemas sigue albergando Michonne. Ha sido un personaje crucial en el devenir de la trama y ha ejercido como bisagra en el gran dilema del grupo durante esta tanda de episodios (¿entregarla al Gobernador a cambio de la paz?). Y, aunque ya ha sido capaz de articular más de tres frases seguidas, sigue siendo una cartulina andante, un mecanismo de guión antes que un personaje “de carne y hueso”.

-Del resto de peña, me gusta especialmente Hershel, un personaje mucho más hecho y complejo que cuando comandaba la granja. Es la nueva brújula moral del relato. De Rick no me ha convencido su fragilidad y, desde luego, en la falta de ritmo de los dos primeros episodios post-parón influyó mucho su locura incipiente. Su viraje es razonable: tras todo lo que le ha ocurrido, vuelve a recuperar la senda del humano, a diferencia de su hijo, sanguinario de última hora; de hecho, a la súbita conversión de Carl en un mini-yo del Gobernador también le han faltado algunas casillas.

-A ver, el Gobernador. Por muy buen actor que me parezca David Morrisey, uno de los puntos débiles de estos ocho capítulos ha sido el malvado personaje que interpreta. Aligerado de la viscosa ambigüedad que le insuflaba el fáustico esfuerzo por salvar a su hija Penny y el haber sido capaz de levantar una utopía como Woodbury, en estos capítulos ha sido poco más que un villano cada vez más desquiciado. Más plano, por tanto. Ese último paso -el de ametrallar a los suyos- lo devuelve directamente a la hondura de tebeo malo… y hace más apremiante su enfrentamiento mortal con Rick, para quitarlo de en medio.

-Por definición, en una serie de zombies no espero la sutilidad ahumada de Mad Men. El pacto de lectura es gore: cabezas reventadas, mordidas en primer plano y vísceras a granel. Sin embargo, nunca hasta ahora me había llamado la atención la desagradable gratuidad de algunas escenas (esos brazos desmembrados por Andrea, esa cabeza aplastada por una bota). Quizá es porque me atrapaba más la historia o, simplemente, que tras tres temporadas empieza a cansar lo que antes, incluso, podía hacer gracia.

-Si hay una esperanza para aferrarse al futuro de la serie es que Scott Gimple escribió “Clear” (3.12.), el pico de la temporada. Un capítulo melancólico, doloroso y fascinante de principio a fin. Un episodio de esos que salva una temporada. No era solo el regreso de Rick a su pasado, sino de toda la serie a sus orígenes. Al piloto. Con más contemplación que acción. Al centrarse únicamente en cuatro personajes y un escenario, la serie pudo desarrollar tiempos muertos y trabajar la sutilidad de las relaciones entre los personajes (como ya hizo el propio Gimple con la escapada del sobresaliente “18 Miles Out” de la segunda temporada). Una mirada compasiva, una conversación bíblica, un letrero apocalíptico, una trampa ingeniosa… Por “Clear” asoma, de manera magistral, todo lo que esta serie podría transmitir sobre el dolor, la culpa, la muerte, la soledad, el amor y la locura. Y esta escena final, que multiplica su impacto dramático tras 40 minutos con el inolvidable y ahora nihilista Morgan Jones. ¡Pobre excursionista!

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 -Como demuestra el “Lead Me Home” que acompaña esa secuencia, The Walking Dead sigue mimando su banda sonora. Junto con esa poderosísima canción de Jammie N. Commons, me quedo con este “Fink” que clausura “Arrow on the Doorspot” (3.13.) y con Beth emulando a Tom Waits.

-¿Qué esperar ahora? Mi intuición es que tanto cambio en la batuta de la serie le resta personalidad y largo plazo. Pero, claro, haciendo esos números tan estratosféricos, a ver quién es el guapo que discute la estrategia de Kirkman y la AMC. Tal y como está, The Walking Dead es una propuesta solvente. Sin embargo, ciertos detalles de cada capítulo y órdagos como “Clear” provocan que te asalte la melancolía por una historia con mimbres para ser grandiosa… que se conforma con un simple OK.

Diamantes en serie