Redención y cansancio en ‘Dexter’

Prometí apearme del carro y lo que hice fue bajarme del burro. Rectificar es de sabios y fiarse de la gente que sabe, también (1).  Me convenció el tocayo con este post en El Mundo. Una vez terminada la séptima temporada de Dexter (en España por FoxCrime), cabe preguntarse: ¿ha merecido la pena? ¿Se ha redimido artísticamente el producto de mayor éxito de Showtime? Sí, pero quedándose aún lejos de sus más celebradas carnicerías: las cuatro primeras temporadas (sorry: yo sí recuerdo con agrado la tercera), abrochadas por este saludo, el más escalofriante de la televisión contemporánea.

(1) Soy fan de este tipo de halagos: sirven para realzar tanto al piropeado como al piropeador. “He rectificado, ergo soy sabio”. Je.

En esos primeros años, se le podía achacar a Dexter su inclinación “formulaica” (que, ay, podría haberse dinamitado si las consecuencias de Trinity se hubieran encarado en la quinta temporada), vale, pero no molestaba porque era una serie muy inteligente en los detalles, consciente de qué teclas tocar para infartar la válvula narrativa y con un personaje divertido, complejo, sanguinario y contradictorio. Entretenimiento de calidad, que no era poco.

Sin embargo, tras un quinto set muy discreto, el despropósito de la sexta temporada de Dexter me hizo parir párrafos como este:”El Dexter actual está a muchas millas del delicioso serial-killer de las cuatro primeras temporadas. Es lógico, por supuesto, que un personaje evolucione; no lo es que pegue un giro de 180 grados y siga como si nada. En estos 12 capítulos hemos visto un Dexter desquiciado, vengativo, enamoradizo, descuidado, existencialista y confuso. Vamos, que le pones en Anatomía de Grey y no desentona. Un tipo así, ¿por qué sigue teniendo hambre de sangre? ¿Para qué necesita el código de Harry? Lo que realmente reclama este chico es una baby shower o una noche de pijamas con sus amigas, qué narices.”

 (A partir de aquí, espoilers de la temporada 7)

La primera tarea para este curso, pues, era restañar las heridas, tanto narrativas como dramáticas. Con ese afán, esta séptima temporada ha exhibido desde el inicio su voluntad de dejar de andar en círculos e ir a por todas: Debra conoce el enigma. De acuerdo (2). Semejante planchazo en la cara convierte a la serie en otra cosa, puesto que ya no son tipos ajenos, más o menos desequilibrados o dañados, quienes saben la identidad del pasajero oscuro, sino su círculo más íntimo, la única persona adulta que realmente importa al protagonista. La única por la que renunciaría a todo y a la que no mataría bajo ningún concepto (¿o sí? No. Never).

(2) En realidad, ya se habían soplado el secreto en la segunda temporada, ¿recuerdan?

Al rascar en la vertiente narrativa descubrimos cómo esta temporada ha jugado con dos líneas argumentales que aderezaban el cogollo del conflicto dexteriano (la impermeabilidad de su secreto): internamente, el desenmascaramiento por parte de Debra -a ratos, una variante sangrienta del clásico sponsor de alcohólicos anónimos- ha dosificado bien la tensión entre los dos hermanos y ha hecho avanzar el conflicto asentándose sobre la resbaladiza alternativa confianza/desconfianza (3). Es decir Debra no acepta rápidamente al monstruo, sino que va adaptándose a convivir con él. Igual que Dexter.

(3) El lunar gigantesco de este córner ha sido regresar al peor movimiento que ha marcado nunca la serie: las declaraciones de amor de Debra a Dexter. Nooo, por favor. Pensé que aquella indigestión ya había pasado. En serio, no es necesario el amor sexual para justificar el fortísimo vínculo emocional que les une. Son hermanos. La relación filial es más que suficiente hasta para que uno quiera morir -y matar- por el otro.  

Externamente, ha sido Lagüerta quien ha tomado el testigo de Doakes y de la propia Debra (recuerden lo cerca que andaba de conocer el trauma de Dexter en la cuarta temporada) para ir estrechando el cerco sobre el diván de Dexter, hasta el punto de exponerlo públicamente. Estructuralmente, está muy bien pensado que las tres tramas converjan habitualmente –Debra es cómplice exculpatorio de Dexter– e implosionen en la última secuencia (4), aportando así sensación de cohesión narrativa y de un nuevo punto de no-retorno. El último.

(4) Como escribe Moltisanti, el último capítulo ha incidido en viejas lacras de escritura: forzar las tramas con detalles pueriles (lo de los niños puteando a Estrada, a pleno sol, para que Dexter lo “duerma” se lleva la medalla) para ubicar a todos los personajes en un espacio concreto, supuestamente climático. No, a mí tampoco me ha apasionado el último capítulo y, francamente, el duelo final me ha dejado muy frío, tanto por la debilidad de su ejecución cinematográfica como por el blandiblú de Debra: lo de abrazar a la tipa a la que le acabas de descerrajar un tiro no pega ni con cola. ¡Si al menos le hubiera cruzado la cara antes a su hermano en señal de rabia y asco…!

Más allá de estas dos tramas entrelazadas de Laguerta y Debra, el año ha enriquecido el relato con los mareos de Dexter con otros dos sabrosos personajes: Isaak Sirko y Hannah McKay. El primero -una sensacional actuación del romano Ray Stevenson– ha ofrecido un personaje muy conseguido, con aristas de trágico de cine de gángsters: un tipo despiadado y salvaje que esconde un hueco para su corazoncito (gay) en un submundo de masculinidad animal. La conversación-confesión con Dexter es de lo más notable del año y una de las escenas que, incluso, pueden encaramarse al panteón de la serie. Lo realmente raro -aunque, ojo, así han conseguido un villano redondo que no ha devenido en parodia, como un Quarles o un Rosseti– ha sido liquidarle tan pronto, dejando su trama como palomita suelta, aislada prácticamente de todo lo que ha llovido después.

Más imbricado en el conjunto ha estado el “affaire McKay“. No es la primera vez que Dexter liga con una linda psicópata, desde luego, pero esta vez suenan maullidos de “amor verdadero”. Lo interesante es que esta trama ha chocado, precipitando acontecimientos, con las líneas argumentales de Debra y, de rebote, Lagüerta. Lo malo es que ha tenido alguno de esos trucos de guionista que restan efectividad dramática. Me refiero, por citar el más obvio, a la aparición del papá de la criatura (Jim Beaver), una trama patosa y gratuita que emerge para acelerar torpemente el relato. El clásico “esto-no-es-un-personaje-sino-un-mecanismo-de-guión”.

Con el coro, que siempre fue el eslabón perdido de Miami, también puedo repetir párrafo: “Los secundarios han perdido el norte. Siempre expusieron el punto débil de la serie, pero al menos picaban salsa. Ahora Batista, Lagüerta, el pesado de Quinn y el alguna vez gracioso Masuka son como chicles que se estiran a disposición de la trama, de modo que han quedado desdibujados, indefinidos, sin personalidad ni gancho”. ¿De verdad que alguien se ha sentido interpelado por la subtrama puticlubesca del tostonazo de Quinn? ¿Va a ser un drama que Batista abandone el cuerpo (ahora que ha muerto Lagüerta no lo hará, claro)?

Hay una segunda pata que entra en el análisis: la vertiente moral. Dexter, como hemos dicho otras veces, siempre ha jugado a ser una suerte de Robin Hood de la justicia, que corrige los defectos del sistema. Hay varias conversaciones entre Debra y él que recuperan este asunto de manera sugestiva. Sin embargo, este año la serie ha mantenido los vicios y desplantes que le han hecho perder fuelle desde el 2010. Ya hemos comentado que este Dexter resulta mucho menos atractivo que el de hace años. Es, simplemente, un humano que de vez en cuando mata. Sus motivaciones ya no están muy claras, francamente. Lo de Harry y el código es ahora un trampantojo y, además, se ha desvanecido ese brillo perturbado que le hacía tan diferente e irresistible.

Quizá su pérdida de carisma se deba al naufragio de la voz en off. Ha caído más que nunca en la redundancia, en la mera repetición de lo ya visto en las imágenes, sin atisbo de una broma autorreferencial, una imaginación trasnochada o un solo monólogo con agudeza social o psicológica. ¿Un ejemplo? Vale, uno fresco, cogido de la season finale: en el último de los flashbacks, Doakes le recrimina a Dexter -ese agradable compañero de trabajo que trae una caja de repostería cada mañana- su doblez: “¡Algo no cuadra en ti, Dexter! Los donuts, la sonrisa falsa (…). ¡Es todo una jodida actuación y yo no me la trago! Estás escondiendo algo y un día voy a averiguar qué es”. El monólogo dexteriano recoge lo sucedido aportando na-da: “Fue un error intentar actuar como humano delante de Doakes. Todo lo que hice fue revelar mi falsedad”. Hay más repuntes asi en cada capítulo; les animo a buscarlos.

¿Merece la pena este Dexter? Sí, sin duda. La temporada, lejos de ser perfecta, al menos ha resultado masticable, explosiva y con bastante ritmo. Pero hay que saber que es una serie cansada, que ha perdido punch y ya no es capaz de bailar por el ring con la gracilidad de antaño.

Diamantes en serie